Hace unos días me hacía una pregunta que todavía sigue resonando dentro de mí:
¿Qué ocurre cuando la tierra se mueve?
No solamente cuando se mueve la tierra física bajo nuestros pies, sino cuando también se mueve esa otra tierra, invisible, sobre la que hemos construido nuestra vida: nuestras seguridades, nuestra casa, nuestros afectos, nuestras rutinas, nuestros proyectos, aquello que dábamos por sentado.
Un terremoto dura segundos. Pero lo que mueve dentro de nosotros puede permanecer durante mucho más tiempo.
Después vienen el miedo, la incertidumbre, la tristeza, la sensación de vulnerabilidad. Algunas personas han sufrido pérdidas enormes; otras han visto afectadas sus viviendas, sus trabajos o sus proyectos. Muchas, aunque materialmente no hayan perdido nada, siguen sobresaltándose ante un ruido, un movimiento inesperado o la posibilidad de una réplica. Y otras, incluso estando lejos de los lugares más afectados, sienten dolor, tristeza e impotencia frente a lo que están viviendo sus compatriotas.
Todo eso es profundamente humano.
La psicología conoce diferentes recursos para acompañarnos después de una experiencia potencialmente traumática. Y cuando el miedo, la ansiedad, las alteraciones del sueño, los recuerdos intrusivos o cualquier otro síntoma se hacen intensos o persisten en el tiempo, buscar acompañamiento profesional es también una manera responsable de cuidarnos.
Pero quisiera proponer aquí otros dos caminos. No como sustitutos de la ayuda psicológica cuando esta sea necesaria, sino como dos actitudes profundamente humanas que pueden ayudarnos a transitar lo vivido y a recuperar poco a poco nuestra conexión con la vida: gratitud y servicio. Y ambas necesitan apoyarse, especialmente en momentos como estos, sobre tres fuerzas esenciales: amor, fe y esperanza.
La gratitud: recordar lo que permanece
Hay una frase que me ha acompañado durante muchos años: “La gratitud es la memoria del corazón.”
Siempre me ha parecido hermosa, pero en momentos como este adquiere para mí un significado diferente. Porque agradecer después de una experiencia dolorosa no significa negar lo sucedido, decir que estuvo bien que ocurriera y, mucho menos, pedirle a quien perdió su casa, su tranquilidad, sus bienes o a un ser querido que agradezca aquello que perdió. Eso sería desconocer su dolor.
La gratitud de la que hablo es otra. Es aquella que, aun reconociendo lo que duele, nos permite volver la mirada hacia lo que permanece.
Quizá nuestra familia está con nosotros. Quizá tenemos un lugar donde dormir. Quizá alguien nos llamó para preguntarnos cómo estábamos, un vecino abrió su puerta o alguien que ni siquiera conocíamos apareció para ayudarnos. Quizá simplemente esta mañana abrimos los ojos y descubrimos, una vez más, que estamos vivos.
Muchas veces vivimos rodeados de regalos que dejamos de percibir porque se hicieron cotidianos, hasta que algo se mueve. Entonces una cama vuelve a ser un privilegio, un techo vuelve a tener significado, una llamada deja de ser una llamada cualquiera, un abrazo recupera su verdadero tamaño y la vida, esa que tantas veces damos por descontada, vuelve a revelarse como lo que siempre ha sido: un regalo extraordinario.
Por eso, quizá una de las enseñanzas que podemos recoger de estos días sea que no necesitemos perder algo para descubrir cuánto vale.
La gratitud no cambia lo que ocurrió, pero puede cambiar el lugar interior desde el cual nos relacionamos con lo ocurrido. Nos ayuda a desplazar por momentos la mirada de todo aquello que perdimos hacia aquello que todavía tenemos; de lo que faltó hacia lo que permanece; del miedo hacia la vida que continúa latiendo.
Y entonces sucede algo más. Cuando verdaderamente reconocemos todo lo que hemos recibido, aparece casi naturalmente una pregunta:
¿Qué puedo hacer yo ahora con todo esto que he recibido?
Ahí comienza el servicio.
El servicio: cuando la gratitud empieza a caminar
Durante estos días hemos recibido llamadas, mensajes, ofrecimientos, oraciones, abrazos, solidaridad. Personas cercanas y personas lejanas preguntándonos: “¿Cómo están?”
Quizá una de las maneras más hermosas de agradecer todo ese amor sea permitir que no termine en nosotros, que continúe circulando. Alguien estuvo para mí: ¿para quién puedo estar yo ahora? Alguien me escuchó: ¿a quién puedo escuchar? Alguien me ayudó: ¿a quién puedo ayudar? Alguien me preguntó cómo estaba: ¿a quién necesito preguntárselo yo?
Eso es servicio.
Y servir no significa necesariamente realizar grandes acciones. A veces será compartir alimentos, disponer temporalmente de un espacio, aportar dinero, poner nuestro conocimiento profesional al servicio de quien lo necesita, ayudar a alguien con una diligencia o compartir información responsable. Pero muchas otras veces el servicio tendrá una forma muchísimo más sencilla: estar, escuchar, acompañar, llamar, preguntar, abrazar. Hacerle sentir a alguien que no está solo.
El servicio tiene, además, una capacidad profundamente transformadora: nos saca por un momento de nosotros mismos. Después de una experiencia que nos confronta con nuestra vulnerabilidad podemos quedar atrapados en preguntas comprensibles: ¿por qué ocurrió?, ¿qué puedo perder?, ¿qué va a pasar?, ¿y si vuelve a suceder?
El servicio introduce otra pregunta:
¿Qué puedo hacer?
No puedo detener un terremoto ni resolver todas sus consecuencias. No puedo ayudar a todo el mundo. Pero seguramente hay algo que sí puedo hacer. Y cuando descubro ese algo, por pequeño que sea, comienzo a salir de la impotencia.
No puedo ayudar a todos, pero puedo ayudar a alguien. No puedo quitarle su dolor, pero puedo acompañarlo mientras lo atraviesa. No puedo devolverle lo perdido, pero puedo hacerle sentir que no tiene que reconstruir su vida completamente solo.
Del abandono al encuentro
Hay algo más profundo todavía en el servicio. Muchas personas llevamos dentro experiencias antiguas de pérdida, soledad, rechazo o abandono. Algunas corresponden a acontecimientos reales; otras, a la manera como, siendo niños, interpretamos determinadas experiencias. Y cuando una situación como la que estamos viviendo remueve nuevamente nuestra sensación de seguridad, esas viejas heridas pueden también despertarse.
El servicio puede ayudarnos a realizar un movimiento interior muy poderoso: pasar de preguntarnos solamente “¿quién estuvo para mí?” a preguntarnos “¿para quién puedo estar yo?”
Esto no borra nuestra historia ni pretende esconder nuestras heridas. Pero nos recuerda algo esencial: ya no somos solamente aquella persona que alguna vez necesitó algo y quizá no lo recibió. También somos seres humanos que hoy tenemos algo para ofrecer. Tenemos experiencia, tiempo, conocimientos, sensibilidad, recursos, brazos, presencia, amor.
Y cuando ponemos algo de ello al servicio de otro, dejamos de relacionarnos con la vida únicamente desde aquello que nos faltó y comenzamos también a hacerlo desde todo aquello que tenemos para dar.
Gratitud y servicio
Entonces comienzo a comprender que quizá estas dos palabras no están separadas.
La gratitud reconoce: “He recibido.” El servicio pregunta: “¿Qué voy a hacer con lo que he recibido?”
La gratitud abre el corazón y el servicio mueve las manos. La gratitud dice “gracias” y el servicio responde “cuenta conmigo”.
Así, aquello que recibimos comienza nuevamente a circular. Recibimos solidaridad y ofrecemos solidaridad; recibimos compañía y ofrecemos compañía; recibimos conocimiento y lo ponemos al servicio; recibimos amor y lo convertimos en amor para alguien más.
Recibimos vida.
Y ponemos nuestra vida al servicio de la vida.
Amor, fe y esperanza
Pero necesitamos algo que sostenga estos dos caminos. Durante muchos años he encontrado en tres palabras una fuerza especial: amor, fe y esperanza.
El amor nos recuerda que no estamos separados, que el dolor del otro también puede tocarnos y que detrás de las cifras, de los edificios afectados y de las noticias existen seres humanos concretos, con nombres, familias, historias, miedos y sueños.
La fe nos permite aceptar que no podemos controlarlo todo. No como resignación ni como pensamiento mágico, sino como la confianza profunda que necesitamos cuando nuestras certezas se tambalean y no tenemos todas las respuestas.
Y la esperanza nos permite mirar hacia adelante. No es negar la realidad ni decir ingenuamente que “todo estará bien”. La esperanza verdadera mira las dificultades de frente y, aun así, se atreve a decir que podemos continuar, reconstruir, aprender, acompañarnos y volver a levantarnos.
Cuando la tierra deja de moverse
En algún momento la tierra vuelve a quedarse quieta. Pero nosotros no necesariamente volvemos a ser los mismos. Y quizá tampoco se trate de hacerlo.
Tal vez después de experiencias como esta la pregunta no sea solamente cómo regresar cuanto antes a la normalidad. Quizá podamos preguntarnos también qué queremos hacer diferente con la vida que continúa: a quién necesitamos decirle que lo amamos, qué estábamos dando por sentado, qué merece ahora más de nuestro tiempo, qué podemos agradecer, a quién podemos servir y qué podemos hacer hoy para que alguien se sienta un poco menos solo.
Tal vez no podamos elegir que la tierra se mueva. Pero sí podemos elegir, poco a poco, qué permitimos que se mueva dentro de nosotros después de que haya ocurrido: nuestra capacidad de valorar, nuestra solidaridad, nuestra manera de relacionarnos, nuestra conciencia, nuestra capacidad de servir.
Y quizá, en medio de una experiencia que nos recordó dolorosamente nuestra fragilidad, podamos descubrir también algo profundamente humano: somos vulnerables, sí, pero no estamos solos.
Tal vez entonces comprendamos que gratitud y servicio son dos movimientos de un mismo corazón. Uno reconoce todo lo que la vida le ha dado; el otro decide compartirlo. Y ambos, sostenidos por el amor, la fe y la esperanza, pueden ayudarnos a transformar una experiencia de miedo y dolor en una oportunidad para encontrarnos, acompañarnos y recordar lo verdaderamente importante.
Porque cuando la tierra se mueve, muchas cosas pueden caer. Pero también pueden despertar otras.
Y ojalá que entre ellas despierten nuestra gratitud, nuestra capacidad de servir y nuestra decisión de cuidarnos unos a otros.
Germán A. Benavides T.
Pedagogo, humanista y acompañante de procesos de desarrollo humano.
Fundador y director de Humanizarte.
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