La adolescencia no necesita ser corregida. Necesita ser comprendida.

Una reflexión sobre el desafío de acompañar a nuestros hijos… mientras la vida también nos acompaña a crecer a nosotros.

Hay etapas de la vida para las que nadie nos prepara. Una de ellas comienza el día en que nuestros hijos dejan de ser niños y empiezan, poco a poco, a convertirse en quienes algún día serán.

Es entonces cuando muchos padres descubren que las respuestas que antes parecían funcionar ya no alcanzan. Las conversaciones cambian, los silencios aumentan, las emociones se intensifican y, casi sin darnos cuenta, aparece una pregunta que pocas veces nos atrevemos a formular:

¿Qué está pasando con mi hijo?

Buscamos respuestas en libros, conferencias, redes sociales o conversaciones con otros padres. Intentamos comprender comportamientos que parecen nuevos, decisiones que nos desconciertan y reacciones que, en ocasiones, sentimos como una distancia creciente entre ellos y nosotros.

Y, sin embargo, quizá esa no sea la primera pregunta que necesitamos responder.

Tal vez la pregunta más importante sea otra:

¿Qué significa realmente atravesar la adolescencia?

Porque la manera en que respondamos a esa pregunta transformará también la manera en que acompañamos a nuestros hijos.

Con frecuencia hablamos de la adolescencia como si fuera un problema que hay que superar. La describimos como una etapa difícil, complicada, desafiante o incluso peligrosa. Nos preocupan las discusiones, el aislamiento, los cambios de humor, la influencia de los amigos, el uso de la tecnología o la aparente pérdida de interés por la familia.

Y aunque todo eso puede formar parte de la experiencia adolescente, reducir esta etapa únicamente a sus dificultades es perder de vista lo más importante.

La adolescencia no es un problema. Es, quizá, uno de los procesos de transformación más profundos que atraviesa un ser humano. No solo cambia el cuerpo; también cambian la manera de pensar, de sentir, de relacionarse y de comprender el mundo.

Es el tiempo en que comienzan a surgir preguntas que acompañarán toda la vida:

«¿Quién soy realmente?»

«¿Dónde pertenezco?»

«¿Qué sentido tiene mi vida?»

«¿Cómo quiero relacionarme con los demás?»

«¿Quién quiero llegar a ser?»

Muchas veces esas preguntas aún no tienen palabras. Por eso aparecen en forma de silencios, contradicciones, intensidad emocional o comportamientos que desconciertan a quienes los observan desde fuera.

Lo que desde la mirada adulta puede parecer rebeldía, apatía o desinterés es, con frecuencia, la expresión visible de un profundo proceso interior. Y quizá ahí comienza el primer cambio de mirada. Porque cuando dejamos de preguntarnos únicamente «¿qué le pasa?» y empezamos a preguntarnos «¿qué estará intentando comprender de sí mismo?», la relación cambia. Ya no observamos solamente el comportamiento. Empezamos a mirar a la persona.

Con frecuencia creemos que la tarea es criar a nuestros hijos. Sin embargo, tal vez se trate más de acompañarlos. La diferencia parece pequeña, pero transforma profundamente la relación.

Criar suele invitarnos a enseñar, corregir, orientar y proteger. Acompañar supone algo más. Supone caminar cerca sin recorrer el camino por ellos; escuchar antes de explicar, comprender antes de juzgar y confiar incluso cuando todavía no vemos con claridad hacia dónde los conduce su propio proceso.

Acompañar no significa renunciar a los límites ni a la responsabilidad de educar. Significa reconocer que nuestros hijos no necesitan únicamente adultos que les indiquen qué hacer. Necesitan adultos cuya presencia les recuerde que no tienen que recorrer solos el camino de descubrir quiénes son.

Y aquí aparece una verdad que pocas veces se menciona.

Mientras nuestros hijos crecen, nosotros también estamos siendo invitados a crecer.

Sus preguntas despiertan nuestras preguntas. Sus emociones ponen en evidencia nuestras propias dificultades para relacionarnos con ellas. Sus búsquedas nos confrontan con las renuncias, los sueños olvidados y las historias que todavía seguimos cargando.

Solemos creer que somos nosotros quienes estamos formando a nuestros hijos. Sin embargo, ellos también van formando algo en nosotros. Nos enseñan paciencia cuando descubrimos que no podemos acelerar sus procesos; nos enseñan humildad cuando comprendemos que no tenemos todas las respuestas y nos enseñan confianza cuando la vida nos invita a soltar, poco a poco, el control para dar paso a la autonomía.

Quizá ese sea uno de los regalos más silenciosos de la adolescencia. Mientras ellos descubren quiénes son, nosotros tenemos la oportunidad de descubrir una manera más consciente de ser padres y, al mismo tiempo, una manera más consciente de ser personas.

Cuando existe una relación de pareja, esta invitación adquiere además otra dimensión.

La llegada de los hijos transforma profundamente el vínculo entre ambos. Con frecuencia, casi sin darse cuenta, la pareja deja de encontrarse como pareja y comienza a funcionar principalmente como un excelente equipo de logística familiar. Las conversaciones giran alrededor de horarios, tareas, reuniones escolares, responsabilidades y decisiones cotidianas.

Todo ello es necesario. Pero también puede hacer que aquello que dio origen a la familia quede lentamente relegado.

Tal vez uno de los regalos ocultos de acompañar a nuestros hijos sea recordar que ellos no solo necesitan padres presentes. También necesitan contemplar a dos seres humanos que continúan creciendo juntos.

Porque la mejor educación rara vez ocurre en los discursos. Sucede, sobre todo, en aquello que nuestros hijos observan cada día.

Y cuando no existe una pareja, la invitación permanece intacta. Quien acompaña solo a un hijo también está siendo acompañado por la vida en su propio proceso de transformación. La adolescencia sigue siendo un camino de crecimiento compartido.

Quizá por eso los adolescentes no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos disponibles. Personas capaces de reconocer que también están aprendiendo, que también se equivocan y que también continúan creciendo.

Porque acompañar no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en permanecer lo suficientemente cerca para que el otro pueda encontrar las suyas.

Tal vez nuestros hijos nunca recuerden cada consejo que les dimos. Pero difícilmente olvidarán cómo los hicimos sentir mientras buscaban su lugar en el mundo.

Quizá ahí resida el verdadero desafío de acompañar la adolescencia. No formar jóvenes que hagan exactamente lo que esperamos, sino ofrecerles un vínculo lo suficientemente seguro para que, algún día, puedan descubrir y expresar con libertad quiénes son realmente, sin dejar de sentir que siempre hubo un lugar al que podían volver.

Porque la adolescencia no necesita ser corregida. Necesita ser comprendida.

Y quizá, mientras aprendemos a comprenderla, descubramos que quienes más terminamos transformándonos… también somos nosotros.

Germán A. Benavides T.

Pedagogo, humanista, padre y acompañante de procesos de desarrollo humano.

Fundador y director de Humanizarte.

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