Sentido de Vida y Propósito de Vida: dos búsquedas que solemos confundir

“Muchas personas pasan años buscando su propósito. Tal vez la pregunta más profunda no sea qué hemos venido a hacer, sino qué está intentando enseñarnos la vida.”

Hay preguntas que aparecen una y otra vez en los procesos de acompañamiento.
Preguntas que escucho en jóvenes que están eligiendo una carrera, en personas que atraviesan una crisis profesional y también en quienes, después de alcanzar metas importantes, descubren que todavía sienten un vacío difícil de nombrar.

Una de esas preguntas es:

¿Cuál es mi propósito de vida?

Vivimos en una época que nos invita constantemente a encontrar una respuesta. Pareciera que existe algo que deberíamos descubrir cuanto antes para sentir que nuestra vida está bien orientada.

Sin embargo, con el paso de los años he llegado a sospechar que muchas veces buscamos respuestas para una pregunta cuando, en realidad, necesitamos hacernos otra. Porque, aunque solemos utilizarlos como sinónimos, el propósito de vida y el sentido de vida no son lo mismo. Y comprender esta diferencia puede transformar profundamente la manera en que nos relacionamos con nuestra propia existencia.

El propósito tiene que ver con la vida que construimos

Cuando hablamos de propósito, normalmente nos referimos a aquello que queremos hacer con nuestra vida. Tiene relación con nuestros proyectos, nuestras metas, nuestras decisiones y nuestras contribuciones.

El propósito se expresa en acciones concretas:

En la profesión que elegimos.

En la familia que construimos.

En el servicio que prestamos.

En las causas que defendemos.

En los sueños que perseguimos.

Por eso, en muchos contextos, hablar de propósito de vida es prácticamente hablar de proyecto de vida. Y eso no tiene nada de superficial. Por el contrario.

Los seres humanos necesitamos construir, necesitamos participar activamente en la vida. Necesitamos crear, aprender, equivocarnos, volver a intentarlo, amar, perder, ganar y descubrir quiénes somos a través de nuestras experiencias.

El propósito nos pone en movimiento, nos invita a comprometernos con la aventura de vivir.

El sentido tiene que ver con la vida que comprendemos

El sentido pertenece a otra dimensión.

No responde a la pregunta:

¿Qué quiero hacer con mi vida?

Responde a una pregunta más profunda:

¿Para qué estoy viviendo esta experiencia llamada vida?

Mientras el propósito mira hacia nuestros proyectos, el sentido mira hacia el significado de la experiencia misma; por eso no siempre aparece al comienzo del camino. De hecho, sospecho que rara vez ocurre así.

La mayoría de las personas primero viven…

Construyen.

Luchan.

Sueñan.

Fracasan.

Se enamoran.

Forman una familia.

Trabajan.

Sirven.

Se reinventan.

Y sólo después de recorrer una parte del camino comienzan a preguntarse:

¿Qué me ha querido enseñar la vida a través de todo esto?

Es allí donde empieza a emerger la pregunta por el sentido.

El propósito se construye; el sentido se descubre

Esta diferencia ha sido fundamental en mi propia comprensión de la vida.

El propósito requiere decisiones.
El sentido requiere comprensión.

El propósito nos invita a actuar.
El sentido nos invita a aprender.

No podemos descubrir el sentido de una vida que no hemos vivido. Por eso considero tan importante que cada persona construya un proyecto de vida que valga la pena. No porque el proyecto sea el destino final. Sino porque se convierte en el escenario donde ocurren las experiencias que más tarde podremos comprender.

La vida parece tener una curiosa pedagogía.

Primero nos invita a vivir.

Después nos invita a comprender lo vivido.

Más allá de nuestros proyectos

Con el tiempo he llegado a creer que el sentido de vida no se limita a una interpretación psicológica de nuestra historia. Hay algo más… algo que trasciende nuestros gustos, nuestros logros y nuestras metas personales.

Cada vez encuentro más personas que, al mirar hacia atrás, descubren que los acontecimientos más importantes de su vida no fueron necesariamente los que planearon. Algunas de las experiencias que más las transformaron fueron precisamente aquellas que jamás habrían elegido:

Una pérdida.

Una enfermedad.

Una separación.

Un fracaso.

Un encuentro inesperado.

Una situación que parecía injusta.

Y sin embargo, años después, logran reconocer que esas experiencias contenían aprendizajes esenciales para su evolución. Es entonces cuando comienza a surgir una comprensión diferente.

La sensación de que la vida posee una sabiduría que supera nuestra capacidad de comprenderla completamente. Como si existiera un orden más profundo acompañando silenciosamente nuestro camino. Como si cada experiencia, incluso aquellas que en su momento rechazamos o no entendimos, contuviera una posibilidad de crecimiento y despertar.

Una mirada espiritual del sentido

Cada persona nombrará esta realidad de una manera diferente. Algunos hablarán de Dios, otros hablarán de la Vida, otros de la Conciencia, otros del Universo.

El nombre, en realidad, es lo menos importante. Lo verdaderamente importante es la experiencia; la experiencia de reconocer que no somos únicamente los autores de nuestra historia.

También somos aprendices dentro de ella. Desde esta perspectiva, el sentido de vida tiene relación con algo mayor que nuestros proyectos personales, tiene que ver con aquello que la vida intenta revelarnos a través de nuestras experiencias, tiene que ver con el desarrollo de nuestra conciencia, tiene que ver con aquello que estamos llamados a comprender, integrar y trascender.

Dos preguntas para una misma existencia

Quizá por eso hoy veo estas dos preguntas como complementarias.

La primera pregunta es:

¿Qué quiero hacer con mi vida?

Esa es la pregunta del propósito.

La segunda pregunta es:

¿Qué está intentando enseñarme la vida a través de todo lo que he vivido?

Esa es la pregunta del sentido.

La primera nos ayuda a construir una existencia y la segunda nos ayuda a comprenderla.

La primera nos invita a participar activamente en la experiencia humana y la segunda nos permite descubrir el significado profundo de esa experiencia.

Tal vez por eso muchas personas comienzan buscando un propósito y sólo más adelante descubren una pregunta todavía más profunda. La pregunta por el sentido.

Quizá dedicamos muchos años a construir una vida y sólo después comenzamos a comprender lo que esa vida estaba intentando mostrarnos.

Construimos un propósito para caminar. Descubrimos el sentido al volver la mirada sobre el camino recorrido. Porque el propósito habla de lo que hacemos con nuestra existencia. Pero el sentido parece revelarse cuando comenzamos a comprender aquello en lo que la existencia nos está convirtiendo.

Una pregunta para seguir reflexionando

¿Qué experiencias de tu vida, que en algún momento no comprendiste, hoy reconoces como fundamentales para tu crecimiento?

Germán A. Benavides T.

Fundador de Humanizarte

Aprendiz de la vida, acompañante de procesos humanos y explorador permanente de las preguntas que dan sentido a nuestra existencia.